lunes, 12 de diciembre de 2011

Acercamiento al inconsciente: La importancia de los sueños

Extracto de "El hombre y sus símbolos", una obra sobre la psicología analítica desarrollada por C. G. Jung que compila artículos de diversos autores, entre ellos éste del mismo Jung.

El hombre emplea la palabra hablada o escrita para expresar el significado de lo que desea trasmitir. Su lenguaje está lleno de símbolos pero también emplea con frecuencia signos o imágenes que no son estrictamente descriptivos. Algunas son meras abreviaciones o hilera de iniciales como ONU, UNICEF, o UNESCO; otras son conocidas marcas de fábrica, nombres de medicamentos patentados, emblemas o insignias. Aunque estos carecen de significado en sí mismos, adquieren un significado reconocible mediante el uso común o una intención deliberada. Tales cosas no son símbolos. Son signos y no hacen más que denotar los objetos a los que están vinculados.
Lo que llamamos símbolo es un término, un nombre o aun una pintura que puede ser conocido en la vida diaria aunque posea connotaciones específicas además de su significado corriente y obvio. Representa algo vago, desconocido u oculto para nosotros. Muchos monumentos cretenses, por ejemplo, están marcados con el dibujo de la azuela doble. Este es un objeto que conocemos, pero desconocemos sus proyecciones simbólicas. Como otro ejemplo, tenemos el caso del indio que, después de una visita a Inglaterra, contó a sus amigos, al regresar a su patria, que los ingleses adoraban animales porque había encontrado águilas, leones y toros en las iglesias antiguas. No se daba cuenta (ni se dan cuenta muchos cristianos) de que esos animales son símbolos de los Evangelistas y se derivan de la visión de Ezequiel y que eso, a su vez, tiene cierta analogía con el dios egipcio Horus y sus cuatro hijos. Además, hay objetos, tales como la rueda y la cruz, que son conocidos en todo el mundo y que tienen cierto significado simbólico bajo ciertas condiciones. Precisamente lo que simbolizan sigue siendo asunto de especulaciones de controversia.

Pantocrator dentro del tetramorfos
Así es que una palabra o una imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato y obvio. Tiene un aspecto “inconsciente” más amplio que nunca está definido con precisión o completamente explicado. Ni se puede esperar definirlo o explicarlo. Cuando la mente explora el símbolo, se ve llevada a ideas que yacen más allá del alcance de la razón. La rueda puede conducir nuestros pensamientos hacia el concepto de un sol “divino”, pero en ese punto, la razón tiene que admitir su incompetencia; el hombre es incapaz de definir un ser “divino”. Cuando, con todas nuestras limitaciones intelectuales, llamamos “divino” a algo, le hemos dado meramente un nombre que puede basarse en un credo pero jamás en una prueba real.

Como hay innumerables cosas más allá del entendimiento humano, usamos constantemente nuestros términos simbólicos para representar conceptos que no podemos definir o comprender del todo. Esta es una de las razones por las cuales todas las religiones emplean lenguaje simbólico o imágenes. Pero esta utilización consciente de los símbolos es solo un aspecto de un hecho psicológico de gran importancia: el hombre también produce símbolos inconsciente y espontáneamente en forma de sueños.

No es fácil captar este punto. Pero hay que captarlo si queremos saber más acerca de las formas en que trabaja la mente humana. El hombre, como nos damos cuenta si reflexionamos un momento, jamás percibe cosa alguna por entero o la comprende completamente. Puede ver, oír, tocar y gustar; pero hasta dónde va, cuánto oye, qué le dice el tacto y qué saborea dependen del número y calidad de sus sentidos. Estos limitan su percepción del mundo que le rodea. Utilizando instrumentos científicos, puede compensar parcialmente las deficiencias de sus sentidos. Por ejemplo, puede ampliar el alcance de su vista con prismáticos o el de su oído mediante amplificación eléctrica. Pero los más complicados aparatos no pueden hacer más que poner al alcance de sus ojos los objetos distantes o pequeños o hasta hacer audibles los sonidos débiles. No importa qué instrumentos use, en determinado punto alcanza el límite de certeza más allá del cual no puede pasar el conocimiento consciente.

Además, hay aspectos inconscientes de nuestra percepción de la realidad. El primero es el hecho de que, aun cuando nuestros sentidos reaccionan ante fenómenos reales, visuales y sonoros, son trasladados en cierto modo desde el reino de la realidad al de la mente. Dentro de la mente, se convierten en sucesos psíquicos cuya naturaleza última no puede conocerse (porque la psique no puede conocer su propia sustancia psíquica). Por tanto, cada experiencia contiene un número ilimitado de factores desconocidos, por no mencionar el hecho de que cada objeto concreto es siempre desconocido en ciertos respectos, porque no podemos conocer la naturaleza última de la propia materia.

Después hay ciertos sucesos de los que no nos hemos dado cuenta conscientemente; han permanecido, por así decir, bajo el umbral de la consciencia. Han ocurrido pero han sido absorbidos subliminalmente, sin nuestro conocimiento consciente. Podemos darnos cuenta de tales sucesos solo en un momento de intuición o mediante un proceso de pensamiento profundo que conduce a una posterior comprensión de que tienen que haber ocurrido; y aunque, primeramente, podamos haber desdeñado su importancia emotiva y vital, posteriormente surgen del inconsciente como una especie de reflexión tardía.

Dr. Jeckyll y Mr. Hyde
Podría aparecer, por ejemplo, en forma de sueño. Por regla general, el aspecto inconsciente de cualquier suceso se nos revela en sueños, donde aparece no como un pensamiento racional sino como una imagen simbólica. Como cuestión histórica, fue el estudio de los sueños lo que primeramente facilitó a los psicólogos investigar el aspecto inconsciente de los sucesos de la psique consciente.
Basándose en esa prueba, los psicólogos supusieron la existencia de una psique inconsciente, aunque muchos científicos y filósofos niegan su existencia. Razonan ingenuamente que tal suposición implica la existencia de dos “sujetos” o (expresándolo en frase común) dos personalidades dentro del mismo individuo. Pero eso es precisamente lo que representa con toda exactitud. Y una de las maldiciones del hombre moderno es que mucha gente sufre a causa de esa personalidad dividida. En modo alguno es un síntoma patológico; es un hecho normal que puede ser observado en todo tiempo y en cualquier lugar. No es simplemente el neurótico cuya mano derecha ignora lo que hace la mano izquierda. Este conflicto es un síntoma de una inconsciencia general que es la innegable herencia común de toda la humanidad.

El hombre fue desarrollando la consciencia lenta y laboriosamente, en un proceso que necesitó incontables eras para alcanzar el estado civilizado (que, arbitrariamente, se fecha con la invención de la escritura., hacia el 4.000 a. de J.C.). Y esa evolución está muy lejos de hallarse completa, pues aun hay grandes zonas de la mente humana sumidas en las tinieblas. Lo que llamamos la “psique” no es, en modo alguno, idéntica a nuestra consciencia y su contenido.

Quienquiera que niegue la existencia del inconsciente, supone, de hecho, que nuestro conocimiento actual de la psique es completo. Y esta creencia es, claramente, tan falsa como la suposición de que sabemos todo lo que hay que saber acerca del universo. Nuestra psique es parte de la naturaleza y su enigma es ilimitado. Por tanto, no podemos definir ni la psique ni la naturaleza. Sólo podemos afirmar qué creemos que son y describir, lo mejor que podamos, cómo funcionan. Por lo cual, completamente aparte de las pruebas acumuladas por la investigación médica, hay firmes bases lógicas para rechazar afirmaciones como “No hay inconsciente”. Quienes dicen tales cosas no hacen más que expresar un anticuado “misoneísmo”: miedo a lo nuevo y lo desconocido.

Tarzán de los monos (Van Dyke, 1932)
Hay razones históricas para esa resistencia a la idea de una parte desconocida de la psique humana. La consciencia es una adquisición muy reciente de la naturaleza y aun está en período “experimental”. Es frágil, amenazada por peligros específicos, y fácilmente dañada. Como han señalado los antropólogos, uno de los desórdenes más comunes producidos entre los pueblos primitivos es el que llaman “la pérdida de un alma”, que significa, como la denominación indica, una rotura perceptible (o, más técnicamente, una disociación) de la consciencia. Entre tales pueblos, cuya consciencia está en un nivel de desarrollo distinto al nuestro, el “alma” (o psique) no se considera unitaria. Muchos primitivos suponen que el hombre tiene un “alma selvática” además de la suya propia, y que esa alma selvática está encarnada en un animal salvaje o en un árbol, con el cual el individuo humano tiene cierta clase de identidad psíquica. Esto es lo que el eminente etnólogo francés Lévy-Brühl llamó una “participación mística”. Posteriormente, retiró ese término por presiones de las críticas adversas, pero creo que sus críticos estaban equivocados. Es un hecho psicológico muy conocido que un individuo pueda tener tal identidad inconsciente con alguna otra persona o con un objeto.

Esta identidad toma diversidad de formas entre los primitivos. Si el alma selvática es la de un animal, al propio animal se le considera como una especie de hermano del hombre. Un hombre cuyo hermano sea, por ejemplo, un cocodrilo, se supone que está a salvo cuando nada en un río infestado de cocodrilos. Si el alma selvática es un árbol, se supone que el árbol tiene algo así como una autoridad paternal sobre el individuo concernido. En ambos casos, una ofensa contra el alma selvática se interpreta como una ofensa contra el hombre.

Carl G. Jung (1875-1961)
En algunas tribus se supone que el hombre tiene varias almas; esta creencia expresa el sentimiento de algunos primitivos de que cada uno de ellos consta de varias unidades ligadas pero distintas. Esto significa que la psiquis individual está muy lejos de estar debidamente sintetizada; por lo contrario, amenaza con fragmentarse muy fácilmente con solo los ataques de emociones desenfrenadas.
Mientras esta situación nos es conocida por los estudios de los antropólogos, no es tan ajena, como pudiera parecer, a nuestra propia civilización avanzada. También nosotros podemos llegar a disociarnos y perder nuestra identidad. Podemos estar poseídos y alterados por el mal humor o hacernos irrazonables e incapaces de recordar hechos importantes nuestros o de otros, de tal modo que la gente pregunte: “Pero ¿qué demonios te pasa?” Hablamos acerca de ser capaces de “dominarnos”, pero el autodominio es una virtud rara y notable. Podemos creer que nos dominamos; sin embargo, un amigo fácilmente puede decirnos cosas acerca de nosotros de las cuales no sabemos nada.

Sin duda alguna, aun en lo que llamamos un elevado nivel de civilización, la consciencia humana todavía no ha conseguido un grado conveniente de continuidad. Aun es vulnerable y susceptible la fragmentación. Esta capacidad de aislar parte de nuestra mente es una característica valiosa. Nos permite concentrarnos sobre una cosa en un momento determinado, excluyendo todo lo demás que pueda reclamar nuestra atención. Pero hay un mundo de diferencia entre una decisión consciente de separar y suprimir temporalmente una parte de nuestra psique y una situación en la que esto ocurra espontáneamente sin nuestro conocimiento o consentimiento y aun contra nuestra intención. Lo primero es una hazaña civilizada, lo último una primitiva “pérdida de un alma” o, aun, la causa patológica de una neurosis.

De este modo, incluso en nuestros días, la unidad de consciencia es todavía un asunto dudoso; puede romperse con demasiada facilidad. La capacidad de dominar nuestras emociones, que pueden ser muy deseables desde nuestro punto de vista, sería una consecución discutible desde otro punto de vista porque privaría a las relaciones sociales de variedad, color y calor.

Es ante este fondo donde tenemos que revisar la importancia de los sueños, esas fantasías endebles, evasivas e inciertas. Para explicar mi punto de vista, desearía describir cómo se desarrolló durante un período de años y cómo fui llevado a concluir que los sueños son la fuente más frecuente y universalmente accesible para la investigación de la facultad simbolizadora del hombre.

A primera fila vemos a Freud a la izquiera y Jung a la derecha
Sigmund Freud fue el precursor que primero intentó explicar empíricamente el fondo inconsciente de la consciencia. Trabajó con la presuposición general de que los sueños no son algo casual sino que están asociados con pensamientos y problemas conscientes. Esta presuposición, por lo menos, no era arbitraria. Se basaba en la conclusión de eminentes neurólogos (por ejemplo, Pierre Janet) de que los síntomas neuróticos se relacionan con cierta experiencia consciente. Hasta parecen ser zonas escindidas de la mente consciente que, en otra ocasión y bajo circunstancias distintas, pueden ser conscientes.

Antes del comienzo de este siglo, Freud y Josef Breuer habían reconocido que los síntomas neuróticos -histeria, ciertos tipos de dolor, y la conducta anormal- tienen, de hecho, pleno significado simbólico. Son un medio por el cual se expresa el inconsciente, al igual que hace por medio de los sueños que, del mismo modo, son simbólicos. Un paciente, por ejemplo, que se encuentra con una situación intolerable, puede provocar un espasmo siempre que trate de tragar: “No puede tragarlo”. En situaciones análogas de tensión psíquica, otro paciente tiene un ataque de asma: “No puedo respirar el aire de casa”. Un tercero sufre una peculiar parálisis de las piernas: no puede andar, es decir, “ya no puedo andar más”. Un cuarto, que vomita cuando come, “no puede digerir” cierto hecho desagradable. Podría citar muchos ejemplos de esta clase, pero tales reacciones físicas son solo una forma en la que los problemas que nos inquietan pueden expresarse inconscientemente. Con mayor frecuencia, encuentran expresión en nuestros sueños.

"El sueño" (1910) de Rousseau
Todo psicólogo que haya escuchado a numerosas personas contar sus sueños, sabe que los símbolos del sueño tienen mucha mayor variedad que los síntomas físicos de la neurosis. Muchas veces consisten en fantasías elaboradas y pintorescas. Pero si el analista que se enfrenta con ese material onírico emplea la técnica primitiva de Freud de “asociación libre”, encuentra que los sueños pueden reducirse, en definitiva, a ciertos tipos básicos. Esta técnica desempeñó un papel importante en el desarrollo del psicoanálisis porque permitió a Freud utilizar los sueños como punto de partida desde el cual podía explorarse el problema inconsciente del paciente.

Freud hizo la sencilla pero penetrante observación de que si se alienta a al soñante a seguir hablando de las imágenes de sus sueños y los pensamientos que ellas suscitan en su mente, se traicionará y revelará el fondo inconsciente de sus dolencias, tanto en lo que dice como en lo que omite deliberadamente. Sus ideas pueden parecer irracionales y disparatadas pero poco después es relativamente fácil ver qué es lo que está tratando de evitar, qué pensamiento o experiencia desagradable está suprimiendo. No importa cómo trate de enmascararlo, cuanto diga apunta hacia el meollo de su malestar. Un médico ve tantas cosas desde el lado desagradable de la vida que, con frecuencia, se halla lejos de la verdad cuando interpreta las insinuaciones hechas por su paciente como signos de una consciencia turbada. Por desgracia, lo que casualmente descubre confirma sus suposiciones. Hasta aquí, nadie puede decir nada contra la teoría de Freud de la represión y satisfacción de deseos como causas aparentes del simbolismo de los sueños.

Freud concedió particular importancia a los sueños como punto de partida de un proceso de “asociación libre”. Pero algún tiempo después, comencé a pensar que eso era una utilización errónea e inadecuada de las ricas fantasías que el inconsciente produce durante el sueño. En realidad, mis dudas comenzaron cuando un colega me habló de una experiencia tenida durante un largo viaje en tren por Rusia. Aunque no sabía el idioma y, por tanto, no podía descifrar la escritura cirílica, se encontró meditando acerca de las extrañas letras en que estaban escritos los avisos del ferrocarril y se sumió en una divagación en la que imaginó toda clase de significados para ellos.

Una idea le condujo a otra y en su vagar mental halló que su “asociación libre” había removido muchos viejos recuerdos. Entre ellos, le molestó encontrar algunos desagradables y hacía mucho tiempo enterrados, cosas que había deseado olvidar y había olvidado conscientemente. De hecho, había llegado a lo que los psicólogos llamarían sus complejos, es decir, temas emotivos reprimidos que pueden producir constante perturbación psíquica o incluso, en muchos casos, los síntomas de una neurosis.

Este episodio me abrió los ojos al hecho de que no era necesario utilizar un sueño como punto de partida para el proceso de “asociación libre”, si se desea descubrir los complejos de un paciente. Me mostraba que se puede alcanzar el centro directamente desde cualquier punto de la brújula. Se puede comenzar desde las letras cirílicas, desde las meditaciones sobre una bola de cristal, un molino de oraciones o aun desde una conversación casual acerca de algún suceso trivial. El sueño no era ni más ni menos útil a este respecto que cualquier otro posible punto de partida. Sin embargo, los sueños tienen un significado particular aun cuando, a menudo, proceden de un trastorno emotivo en el que los complejos habituales también están envueltos. (Los complejos habituales con los puntos delicados de la psique que reaccionan rápidamente a un estímulo externo o alteración.) Por eso la asociación libre puede conducir desde cualquier sueño a críticos pensamientos secretos.

No obstante, en este punto se me ocurrió que (si hasta ahí estaba en lo cierto) podría deducirse legítimamente que los sueños tienen por sí mismos cierta función especial y más importante. Con mucha frecuencia, los sueños tienen una estructura definida, de evidente propósito, que indica una idea o intención subyacente, aunque, por regla general, lo último no es inmediatamente comprensible. Por tanto, comencé a considerar si se debe conceder más atención a la forma efectiva y contenido de un sueño que a permitir a la asociación “libre” que conduzca por medio de un encadenamiento de ideas a complejos que podrían alcanzarse con la misma facilidad por otros medios.

Este nuevo pensamiento fue un cambio de dirección en el desarrollo de mi psicología. Significó que paulatinamente renuncié a las demás asociaciones que alejaban del texto de un sueño. Preferí concentrarme más bien en las asociaciones del propio sueño, en la creencia de que lo último expresaba algo específico que el inconsciente trataba de decir.

El cambio de mi actitud hacia los sueños acarreaba un cambio de método; la nueva técnica era tal que podría tener en cuenta los diversos y más amplios aspectos de un sueño. Una historia contada por la mente consciente tiene un principio, un desarrollo y un final, pero no sucede lo mismo en un sueño. Sus dimensiones de tiempo y espacio son totalmente distintas; para entenderlo hay que examinarlo en todos los aspectos, al igual que se puede coger en las manos un objeto desconocido y darle vueltas y más vueltas hasta que se conocen todos los detalles de su forma.

Quizá ya haya dicho lo suficiente para mostrar cómo se fue acrecentando mi desacuerdo con la “asociación libre” tal como lo empleó Freud al principio: yo deseaba mantenerme lo más cerca posible del sueño mismo y excluir todas las ideas que no hicieran al caso y las asociaciones que pudiera evocar. En verdad, eso podía conducir hacia los complejos de un paciente, pero yo tenía en mi pensamiento una finalidad de mayor alcance que el descubrimiento de los complejos productores de las alteraciones neuróticas. Hay otros muchos medios con los cuales pueden ser identificados: los psicólogos, por ejemplo, pueden captar todas las alusiones que necesiten utilizando los tests de asociación de palabras (preguntando al paciente qué asocia a una serie dada de palabras y estudiando luego las respuestas). Pero para conocer y comprender el proceso vital psíquico de toda la personalidad de un individuo es importante darse cuenta de que sus sueños y sus imágenes simbólicas tienen un papel mucho más importante que desempeñar.

"La llave" pintura de Enrique Grau
Casi todo el mundo sabe, por ejemplo, que hay una inmensa variedad de imágenes con los que se puede simbolizar el acto sexual (o, podríamos decir, representarse en forma de alegoría). Cada una de esas imágenes puede conducir, por un proceso de asociación, a la idea de relación sexual y a complejos específicos que cualquier individuo pudiera tener acerca de sus propios actos sexuales. Pero también pudiera desenterrar tales complejos con un soñar despierto ante un conjunto de indescifrables letras rusas. Por tanto, llegué a la suposición de que un sueño contiene cierto mensaje distinto de la alegoría sexual, y que eso es así por razones definidas. Para aclarar este punto:
Un hombre puede soñar que introduce una llave en una cerradura, que empuña un pesado bastón, o que echa abajo una puerta con un ariete. Cada una de esas cosas puede considerarse una alegoría sexual. Pero el hecho de que su inconsciente haya elegido, con ese fin, una de esas imágenes específicas -sea la llave, el bastón o el ariete- es también de la mayor importancia. La verdadera tarea es comprender por qué se ha preferido la llave al bastón o el bastón al ariete. Y, a veces, esto pudiera conducir al descubrimiento de que no es, en definitiva, el acto sexual el que está representado sino otro punto psicológico totalmente distinto.

A partir de este razonamiento, llegué a la conclusión de que, para interpretar un sueño, solo debería utilizarse el material que forma parte clara y visible de él. El sueño tiene su propia limitación. Su misma forma específica nos dice qué le pertenece y qué nos aleja de él. Mientras la asociación “libre” nos engaña alejándonos de ese material en una especie de línea en zigzag, el método que desarrollé es más semejante a una circunvalación cuyo centro es la descripción del sueño. Trabajo en torno a la descripción del sueño y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él. Una y otra vez, en mi labor profesional, he tenido que repetir las palabras: “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”.

Por ejemplo: un paciente mío soñó con una mujer vulgar, borracha y desgreñada. En el sueño, parecía que esa mujer era su esposa aunque, en la realidad, su esposa era totalmente distinta. Por tanto, en lo externo, el sueño era asombrosamente incierto y el paciente lo rechazó al pronto como una tontería soñada. Si yo, como médico suyo, le hubiera dejado iniciar un proceso de asociación, inevitablemente él habría intentado alejarse lo más posible de la desagradable sugestión de su sueño. En tal caso, él hubiera desembocado en uno de sus complejos principales -posiblemente, un complejo que nada tuviera que ver con su esposa- y yo no habría sabido nada acerca del significado especial de ese sueño peculiar.

Entonces, ¿qué trataba de transcribir su inconsciente por medio de una afirmación de falsedad tan obvia? Con toda claridad expresaba de algún modo la idea de una mujer degenerada que estaba íntimamente relacionada con la vida del soñante; pero puesto que la proyección de esa imagen sobre su esposa era injustificada y falsa en la realidad, tuve que buscar en otra parte antes de encontrar lo que representaba esa imagen repulsiva.

Conjunción masculino y femenino
En la Edad Media, mucho antes de que los fisiólogos demostraran que, a causa de nuestra estructura glandular hay, a la vez, elementos masculinos y femeninos en todos nosotros, se decía que “cada hombre lleva una mujer dentro de sí”. Este elemento femenino de todo macho es lo que he llamado el “ánima”. Este aspecto “femenino” es esencialmente cierta clase inferior de relacionamiento con el contorno y, particularmente con las mujeres, que se guarda cuidadosamente oculto a los demás así como a uno mismo. Es decir, aunque la personalidad visible de un individuo pueda parecer completamente normal, también puede estar ocultando a los demás -o aun a sí mismo- la situación deplorable de “la mujer de dentro”.

Ese era el caso de mi peculiar paciente: su lado femenino no era agradable. De hecho, su sueño le decía: “En cierto modo, te estás portando como una mujer degenerada”, y eso le produjo una conmoción conveniente. (Por supuesto, un ejemplo de esta clase no puede tomarse como prueba de que el inconsciente se ocupa de dar “órdenes morales”. El sueño no le decía al paciente que se “portara mejor”, sino que trataba, simplemente, de equilibrar la naturaleza desnivelada de su mente consciente, la cual mantenía la ficción de que él era todo un perfecto caballero.)

Es fácil comprender por qué los soñantes tienden a ignorar, e incluso negar, el mensaje de sus sueños. La conciencia se resiste a todo lo inconsciente y desconocido. Ya señalé la existencia entre los pueblos primitivos de los que los antropólogos llaman “misoneísmo”, un miedo profundo y supersticioso a la novedad. Los primitivos manifiestan todas las reacciones del animal salvaje contra los sucesos funestos. Pero el hombre “civilizado” reacciona en una forma muy parecida ante las ideas nuevas, levantando barreras psicológicas para protegerse de la conmoción que le produce enfrentarse con algo nuevo. Esto puede observarse fácilmente en toda reacción individual ante sus propios sueños cuando le obligan a admitir un pensamiento sorprendente. Muchos precursores en filosofía, ciencia, e incluso en literatura, fueron víctimas del innato conservadurismo de sus contemporáneos. La psicología es una de las ciencias más jóvenes; como intenta ocuparse de la labor del inconsciente, se ha encontrado inevitablemente con un misoneísmo extremado.