lunes, 20 de diciembre de 2010

Enrique Eskenazi: El Tarot

Tarot de E. Eskenazi
Extraído del capítulo "Magia, mística y esoterismo" del libro "Tarot, el arte de adivinar" de Enrique Eskenazi (ed. Dopesa, 1978. Reeditado por ed. Obelisco).

He repasado descuidadamente algunas conjeturas sobre el origen del Tarot. Aunque inverosímiles desde el punto de vista histórico (que se propone aclarar cómo, cuándo y dónde surgió este naipe), todas ellas reiteran la convicción de que, entre otras cosas, el Tarot es portador de conocimiento.
Esta pretensión es ajena a una tradición que considera el conocimiento como patrimonio exclusivo de la ciencia. La importancia de reivindicar diferentes modos de conocimiento es decisiva en una aproximación contemporánea al Tarot: el tema de la ciencia y de la realidad cotidiana suscita arduas dificultades que, si desde siempre fueron resueltas por los magos, místicos e iniciados, bloquean el acceso al Tarot para aquellos que se debaten ante las antinomias de la razón y para los que, mucho más numerosos, ya ni siquiera se debaten.
La ciencia es un modo de pensamiento y acción que determina progresivamente al hombre occidental a partir de la Edad Moderna, y que lleva una peculiar manera de relacionarse el hombre con el mundo, con sus semejantes y consigo mismo. Como modo de pensamiento, la ciencia es investigación que, recurriendo a la lógica, la experimentación y la observación, expresa sus resultados en un lenguaje conceptual, el cual rehuye en lo posible toda vaguedad o ambigüedad y se propone ser emotivamente neutro. Como modo de acción, la ciencia es técnica y tecnología, manipulación e instrumentalización de lo real. En ambos sentidos la ciencia apunta en dirección opuesta a la poesía o la religión que, operando mediante imágenes y símbolos, ponen en juego no sólo el ámbito intelectual, sino la totalidad de la vida humana.
El problema aparece disimulado bajo la afirmación generalmente aceptada de que la experiencia simbólica no proporciona propiamente conocimiento, pues no se agota en enunciados objetivamente determinables como verdaderos o falsos o, en el mejor de los casos, rehuyen al razonamiento discursivo y a técnicas controlables de experimentación y observación.
El conocimiento científico es ante todo conocimiento de leyes formuladas en enunciados mediante conceptos, y cuyas consecuencias pueden confirmarse o refutarse, directa o indirectamente, de modo experimental. El tipo de resultados a que aspira la ciencia es tal que cualquiera que siga rigurosamente los pasos del método han de admitirlos, independientemente de sus peculiaridades personales. Es un tipo de conocimiento que no afecta ni es afectado por la calidad personal del investigador; más aún, sus resultados deben ser tales que lo estrictamente personal pueda (y deba) descartarse a favor de lo objetivo. De este modo, los caminos de la verdad y de la realización personal (del bien) aparecen independientes y autónomos.
Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.)
Esto no siempre fue así: en los comienzos del pensamiento especulativo occidental se partía de la identidad vivida de bien y verdad. Para los filósofos antiguos el conocimiento de la verdad iba parejo con el recto vivir, puesto que el primero no consistía en la mera adquisición de información, sino, y ante todo, en un modo de vida. Y cuando Aristóteles afirmó que de todos los modos de conocer la teoría podía remontarse a los primeros principios, pasó inmediatamente a la consideración del modo teorético de vivir (bios theorétikos). El ejercicio de las potencias cognoscitivas implicaba un progresivo perfeccionamiento, ya que el conocimiento de la verdad y el ejercicio de la virtud aparecían como las dos caras de la misma moneda.
Esta coloración del pensamiento antiguo se conservó en la Edad Media, como se ve en la teoría de que las nociones de ente (ens), verdad (verum) y bien (bonum) son totalmente intercambiables. Y si a lo largo de esta evolución el núcleo mítico se revistió con un ropaje conceptual, el conocimiento siguió siendo un modo por el cual el hombre se aproximaba a la perfección o se asimilaba a la divinidad. Detrás de la matemática pitagórica palpita la mística de los números; la dialéctica platónica era simultáneamente acercamiento a la verdad y purificación espiritual; la metafísica aristotélica, que culminaba en teología, hizo del sabio el hombre que realizaba en sí la más perfecta esencia humana, participando del pensamiento que se piensa a sí mismo propio de la divinidad. Y este mismo impulso se conservó en la especulación medieval: para san Agustín el conocimiento es progresión de la naturaleza al alma y de ésta a Dios, y en las etapas de descubrimiento de la verdad se verá más tarde un itinerario del alma a Dios; santo Tomás retomará la cuestión del pensamiento analógico que se remonta del ámbito creatural al divino.
Bertrand Russell (1872)
Bertrand Russell ha señalado agudamente la primitiva unión de misticismo y lógica, apuntando a una tensión interior entre ambos que se evidenciará en el ulterior desarrollo de la filosofía. Y no es extraño que tal razón mística sea peculiar de pensadores que se apoyaron en el mito (Platón) o en imágenes y procedimientos analógicos (Aristóteles), o en el primitivo e indescifrable misterio de la divinidad (cristianismo). Sin entrar a valorar esta originaria vinculación entre verdad y bien, es interesante constatar que preserva integración de dos dimensiones que hoy tienen poco que ver desde la perspectiva científica: conocimiento y existencia. Mientras que contemporáneamente se insiste en que la verdad es propiedad de una proposición y no de un individuo, no puede acallarse el leit motiv del existencialismo que, con Kierkegaard, clama no por la verdad sino por “mi” verdad: una verdad por la cual vivir y por la cual morir.
Naturalmente, se sospecha aquí un sentido de la verdad que no cabe en ecuaciones ni en conceptos y que, a contrapelo de la objetividad científica, hace evidente que ‘más vale perderse en la pasión que perder la pasión’. Este sentido de la verdad emana de la primitiva vinculación con el bien, o de la fundamental dialéctica entre conocimiento y vida que siempre supusieron los pensadores antiguos y medievales.
San Agustín (354-430)
En efecto, la relación de conocimiento fue vista como la vinculación del conocedor y el conocido dentro de un contexto extra-gnoseológico, en el que hay una asimilación entre el acto de conocer y el acto de amar: para los pitagóricos el conocimiento de la relación entre dos números era, más que un vinculo intelectual entre dos abstracciones, la comprensión de dos potencias vivas de la realidad, que revertía en la existencia del conocedor. Y lo mismo en el conocimiento platónico de las ideas, que hacía del saber una meditación de la muerte, o con la vida teorética de Aristóteles, o con aquella prioridad medieval expresada por san Agustín, tal que conocer es la explicitación y culminación del amor, que es, a su vez, consumación de ser: ser, amar y conocer eran modos de participar en el misterio universal que se cifra en el enigma trinitario: así como Dios es tres y es uno, resulta imposible conocer sin amar, y amar sin ser.
Pero la Edad Moderna, con Descartes, asiste a la constitución del hombre como sujeto que representa un objeto y que es en tanto que conoce. El famoso ‘Pienso, luego existo’ invierte el orden tradicional y está preñado de consecuencias, pues sólo adquiere sentido si ya no se vive una intensa conexión entre hombre, mundo y divinidad en la cual fundar el conocimiento. El hombre se erigió como sujeto o punto de partida, y el mundo entero se redujo a su representación: sin sabor, sin color, sin olor, el mundo fue objeto de conocimiento, en tanto que proyección de magnitudes. La infinita diversidad de lo ‘real’ apareció como un sistema de relaciones representables (manipulables) por el pensamiento. Esta decisiva posición del hombre como sujeto sólo admitió como objeto todo lo reducible a representación clara y distinta, apresable conceptualmente; lo otro, al no tener relación con el sujeto (por no ser clara y distintamente representable) se desterró del ámbito de la realidad. La medida de toda realidad fue su conceptualización, y no quedó lugar para imágenes y símbolos que, al rehuir la cristalina claridad de la razón, no podían proporcionar conocimiento.
René Descartes de Frans Hals
A partir de Descartes, ‘heraldo de la ciencia’, el hombre occidental se conoció como sujeto y descartó toda otra determinación que no se fundara en su representar mediante conceptos. El concierto armonioso del cosmos, que hasta entonces fue adivinado como un inmenso animal viviente, se redujo a un conjunto mecánico de relaciones y magnitudes inertes. Lo que importaba no era el objeto conocido sino el método por el cual representarlo: ya no hay entes sino objetos, en función del método por el cual se constituye el sujeto. El conocimiento es sólo ‘conocimiento de objeto’. La inagotable variedad de lo real viene a reducirse a la objetividad: sólo existe lo representable por el hombre mediante el método.
Con esta nueva actitud del hombre la ciencia comenzó su vertiginosa carrera en la que todos estamos embarcados. La objetividad pasó a ser la nota decisiva de todo conocimiento, tomando como base la radical separación entre sujeto y objeto. La conquista de la verdad parece apoyarse en la dualidad, y de aquí la progresiva expurgación de los elementos no racionales (no conceptualizables) del campo del conocimiento y de la verdad. El conocimiento científico aparece como una actividad por la cual la razón analiza, descompone, articula y diseca un objeto. No cabe la inquietud por lo que ese objeto sea más allá de su conceptualización como tal: sea otro hombre, u otro ser viviente, esto es olvidado por el investigador para que surja el objeto de conocimiento. Y si la filosofía occidental ha involucrado una progresiva desmitificación de lo real, es natural que culminara en la ciencia y ésta a su vez en la instrumentalización técnica. A cambio de la total dominación tecnológica, el hombre perdió el contacto con un mundo sobrecogedoramente rico e hizo su morada en un ámbito inerte y previsible. Dentro de esta concepción resulta grotesco hablar de un ‘conocimiento’ simbólico.
Gaston Bachelard (1884)
La vigencia del símbolo remite a una etapa arcaica de la existencia. Aun cuando se le niegue su valor cognoscitivo, el pensamiento simbólico no ha dejado de reproducir sus eternas construcciones con la materia del sueño: pronto a manifestarse en los cuentos infantiles, la obra de los artistas y los desvaríos de los locos, o a refugiarse bajo slogans políticos y artificios publicitarios que, naturalmente, conservan toda su efectividad, posee un enigmático encanto al cual no dejan de sustraerse los hombres por muy ‘ racionales ‘ que se consideren. Ni siquiera la empresa científica ha podido evitar esta potencia arcaica, como ha mostrado Bachelard en su psicoanálisis de la ciencia. Símbolos, mitos e imágenes son formaciones espirituales que no sólo permiten comprender mejor qué es el hombre (según insisten los antropólogos y los psicoanalistas), sino que siempre están indicando una dirección o una puerta hacia un mundo desconcertantemente rico e imprevisible. Es esta dimensión cósmica del símbolo la que aún permanece invisible para los que, ocupados por el estudio de las formas simbólicas, siguen moviéndose dentro de una comprensión moderna que no quiere borrar la frontera entre sujeto y objeto e insisten todavía en el ideal de la objetividad. Es interesante atestiguar cómo el abandono de esta barrera permitió que una investigación antropológica se transformarse en una radical inmersión en el universo de la magia en la obra de Carlos Castaneda.
Carl Gustav Jung (1875-1961)
Resulta indudable que, si bien las determinaciones histórico-culturales separan a los hombres y a los mundos en tipos de existencia difícilmente comunicables (por ejemplo, la conocida diferencia entre ‘occidental’ y ‘oriental’), en el plano del símbolo puede encontrarse una matriz común a la humanidad. A partir de este hecho Jung supuso la existencia de un nivel psíquico más profundo que la conciencia y el subconsciente individual, al que llamó ’inconsciente colectivo’. Este sería el preservador de fuerzas o complejos de fuerzas ‘Arquetipos’ que son patrimonio de la humanidad y que, bajo diversas manifestaciones en distintos períodos históricos y diferentes culturas, siempre pueden reconocerse analógicamente. Un ejemplo lo hallamos en la sutil vinculación entre el Thot egipcio, el Hermes griego, el Odín germánico, el Hanumán hindú y el Quetzalcóatl mexicano.

Thot egipcio, Hanumán hindú, Odín germánico, Quetzalcóatl mexicano, Hermes griego

Independientemente de que acaso el inconsciente colectivo no sea sino una conjetura, resulta bastante útil para una aproximación al universo del simbólico dentro del cual adquiere verdadera importancia el Tarot, y que es el territorio en el cual arraigan la religión, la poesía, la magia, la mística y el esoterismo. Todos estos mundos confluyen y se reflejan en el Tarot.
Después de este largo rodeo, hay que regresar al problema planteado al comienzo de esta sección: ¿puede hablarse de conocimiento simbólico?
El concepto, instrumento por el cual la ciencia constituye su objeto, se dota de significado mediante la definición. Como herramienta intelectual funciona en tanto resulta aplicable y, previamente, comprensible. Un concepto incomprensible carece de sentido. Por otra parte, un concepto puede perder su campo de aplicación y devenir inservible (por ejemplo, ‘flogisto’), o bien puede recuperar su campo de aplicación y volver a circular (onda luminosa’ o ‘átomo’). Los conceptos son fundamentalmente históricos, y su efectividad depende de su comprensión por parte de los usuarios.
Hermes robando el ganado a Apolo
El símbolo, por el contrario, es dual: muestra o patentiza y a la vez oculta y alude a otra cosa. Su riqueza no reside en los significados manifiestos, sino en el conjunto de estímulos que desencadena a nivel inconsciente. Así su efectividad es independiente del grado de comprensión de las personas. Por otra parte, es permanente: por su inagotabilidad, perdura como potencial significativo que irrumpe en diversas culturas y en distintos momentos. Y esta permanencia no consiste en la mera supervivencia histórica, sino en su ahistoricidad: sin una fecha de origen, sin una circunstancia particular que explique su producción, parece pertenecer a la categoría de la eternidad. Así ocurre con los mitos: el tiempo del mito es todos los tiempos o, acaso, ninguno. Ya puede ser que Hermes en cada momento robe el ganado a Apolo, como que ello haya ocurrido cuando aún no había tiempo. Es el ‘había una vez’ de los cuentos, que no puede identificarse con ninguna ocasión particular.
Dada esta peculiar constitución de los símbolos, ¿qué tipo de conocimiento pueden expresar? Hay muchas respuestas, y sólo esbozaré alguna dejando abierta las otras para que cada cual la halle por sí mismo.
Puesto que los símbolos son patrimonio de la humanidad, no pueden vincularse con situaciones particulares propias de un pueblo o una época. Su pervivencia indica la permanencia de ciertos problemas muy remotos pero que cada hombre estrena en su peculiar existencia. Estos problemas y estas situaciones universales (y a la vez completamente personales) han sido llamadas ‘situaciones limites’. En todas ellas el hombre toma conciencia de que hay un puesto y una tarea (un destino) que le son propios en el cosmos. Puestos en una de esas situaciones, el mito o el símbolo reactualizan el enigma y su solución poniendo en juego una energía cuya acción puede experimentarse como ampliación de la conciencia. Este tipo de conocimiento corresponde a la arcaica identidad entre existencia y verdad que no admite diferencia entre un sujeto y un objeto, sino que posibilita la adquisición de un poder modificador de la propia experiencia y, con ello, resuelve o disuelve el problema primitivo. Este ‘conocimiento’ puede experimentarse como una súbita iluminación o bien como una tensión que progresivamente se transforma en un especial dinamismo, e incluso puede asumir otras formas; pero en todos los casos es enteramente distinto de lo que solemos experimentar cuando conocemos conceptualmente una ley científica. Para que el conocimiento simbólico resulte más discernible por referencia al conocimiento científico usual es importante retrotraerse a una cosmovisión que históricamente acabó por ser desplazada por la nueva actitud del hombre-sujeto cartesiano. La cosmovisión primitiva suele llamarse ‘animismo’.
El animismo es un modo de residir el hombre en el cosmos, tal que éste aparece no como un conjunto de relaciones apresables en su generalidad, sino y primeramente como un organismo vivo con el que se puede entablar relaciones simpatéticas(1) y afectivas. Esto no significa que el animista ignore que una perla es una perla y que la luna es la luna, sino que además de estas vacías identidades adivinaba una energía vital afín entre la luna y la perla.
Lucien Lévy-Bruhl
Es un gravísimo error creer que el animista habita el mismo universo que nosotros, de modo que dado que hoy ya no sentimos cómo circula una y la misma vida de la perla a la luna, tal hombre vive en un error y nosotros poseemos la verdad. Su realidad y la nuestra son inconmensurables, al igual que su lógica y la nuestra. Lo que ocurre es que nuestros puntos de vista y esquemas conceptuales han variado tan radicalmente que, con ello, hemos variado a una nosotros y el universo entero. El animismo es una concepción común a los ‘primitivos’, a los niños y a algunos hombres especialmente sensibles rotulados como ‘esquizofrénicos’ o cosas por el estilo. La particular comunicación que discurre entre las diversas partes del todo y el hombre fue denominada ‘participación’ por Levy-Bruhl, quien cometió el error de suponer que ello era privativo de una mentalidad ‘alógica’. Este es el peligro que siempre nos amenaza: considerar alógico lo que no entra en las mallas de nuestra propia red lógica, o considerar absurdo aquello que escapa a nuestro grosero criterio de sensatez.
Los hombres que creían que la tierra estaba sostenida por una tortuga que nadaba en un mar de lecho no eran infradotados ni inferiores a nosotros: con seguridad su idea de la tierra no les permitiría llegar a la luna y televisar el acontecimiento, pero no veo en qué este conocimiento y esta habilidad de nuestra generación nos facilite la tarea de vivir nuestra vida de modo impecable e integral.
Erns Cassirer (1874-1945) filósofo
Desde el animismo primitivo a nuestra concepción particular de la realidad y de nosotros en ella ha habido un proceso que para algunos es síntoma de progreso y que, en un plano filosófico, puede describirse como la transición de la noción de sustancia a la noción de función, o en términos de E. Cassirer, el progresivo reemplazo del sustancialismo por el funcionalismo.
Brevemente, el sustancialismo es una ideología que piensa al mundo como un conjunto de entes o cosas (‘sustancias’ es la expresión aristotélica clásica) dotadas de propiedades y poderes, y que ve el conocimiento como atribución a las sustancias de las propiedades que a ellas inhieren(2).
El funcionalismo, en cambio, pone el acento ya no en los poderes de las cosas sino en sus relaciones y, por consiguiente, concibe el mundo como un flujo de acontecimientos sujetos a ley, complejo entramado de interrelaciones. (...)
Es claro que el funcionalismo se impuso con mayor fuerza a medida que transcurría la Edad Moderna, y hoy es uno de los ingredientes básicos de la concepción científica. En este proceso, el mundo y el hombre variaron tanto que resulta casi imposible hablar de pérdidas o ganancias. En verdad, sólo sobre la nueva base ha sido posible el prodigioso avance de la ciencia, pero esto supuso un repentino ‘empobrecimiento’ del universo: éste dejó de ser un animal (sustancia) lleno de vida para convertirse en un conjunto de puntos sometidos a una rutina expresable matemáticamente. De un originario sistema de presencias animadas y poderosas, cada una de las cuales expresa una personalidad propia y con las que el hombre podía establecer un peculiar diálogo, se pasó a un universo de partículas materiales inanimadas, legalmente relacionadas. El conocimiento de sus leyes permitió la predicción y la manipulación por parte del hombre, único ente inteligente que en su evolución podría determinar también las leyes que acaso rigen su conducta, para extender la instrumentalización a su propia especie, en la que ya difícilmente hallaría presencias en 'lugar de puntos obedientes a rigurosas regularidades'.
Isaac Newton, Geoffrey Kneller
Pero el desconcierto emergió ya de las lindes del funcionalismo: después de la victoria de Newton vino la teoría de la relatividad y con ello el desengaño respecto a que la ciencia fuera una aproximación a la verdad última, ya que se puso en evidencia que para explicar un conjunto de fenómenos hay infinitas teorías satisfactorias e incompatibles entre sí. Y de esta infinidad ninguna (si cumple con los requisitos de la ciencia) es infalible. El conocimiento científico tuvo que renunciar a la verdad y aceptar diversos criterios para seleccionar una de las varias teorías plausibles. En este punto estamos hoy: cada vez hay más voces que protestan por el desarrollo tecnológico y por la reducción del hombre y de la sociedad a objetos de un conocimiento fundamentalmente dominador. Y uno de los filósofos de la ciencia más sutiles de la actualidad comenta agudamente:
Paul Karl Feyerabend (1924)
‘Pero por qué vamos a limitarnos a reconstruir la percepción que el hombre tiene de sus semejantes y de la sociedad? ¿Por qué hemos de estar interesados solamente en la reforma social y considerar sólo nuevas imágenes de la sociedad? ¿Debe darse por supuesta la estructura de nuestro mundo físico? ¿Se espera de nosotros que aceptemos pacientemente el hecho de que vivimos en un piojoso universo material, que estamos solos en un gran océano de materia sin vida? ¿No deberíamos intentar cambiar nuestra visión de este universo, saliendo de la física ortodoxa y considerando cosmologías más agradables?... La proliferación (revitalización de la astrología, la brujería, la magia, la alquimia, la elaboración de la Monadología de Leibniz, etc.) será una poderosa guía en estas materias. Los psiquiatras y los sociólogos, sin embargo, no deben quedar contentos con cambiar la percepción y la sociedad. Deben interferirse con el mundo físico y considerar la reforma de este mundo físico en términos de nuestras fantasías.’(3)
Así se pone de manifiesto un fallo en el proceso histórico de Occidente: la fantasía, desplazada por la razón, o si se prefiere, el inconsciente sustituido por la conciencia, son maneras de expresar la polaridad entre símbolo y concepto: al dejar la constitución del universo a cargo de la razón, las demás potencias se confinaron a esferas imprecisas, aceptadas como legítimas en tanto no pretenden pronunciar conocimiento de lo real: el arte, la religión, los sueños. Esta parcial aproximación al mundo fue denunciada últimamente por varios filósofos, pero la audaz propuesta de Feyerabend nunca fue abandonada por cierto tipo de hombres que, aun conviviendo con la tradición científico-conceptual, escogieron vivir en un universo fantástico: los místicos, los magos, los ocultistas. Dentro de esta propuesta cabe replantearse nuevamente las relaciones entre el concepto (por el cual se expresa un orden legal que concluye en manipulación de lo real) y el símbolo (que hace estallar esta misma realidad para abrir las fronteras de lo otro, lo inexplicable y a la vez enormemente poderoso).
Y la dimensión simbólica cobra toda su vigencia cuando, rechazando las dualidades sujeto-objeto y método-resultado, exige la progresiva actualización de las potencias que vinculan al hombre con el mundo. Partiendo de una relación omniabarcadora entre hombre y universo, deviene impertinente la pretensión de arbitrar un método que se aplique independientemente de la calidad del individuo. En este contexto no puede hablarse de técnicas o instrumentos cuyo ejercicio produzca algo exterior al hombre: el centro de toda cuestión sigue siendo enteramente personal. Retornar a la fuente del conocimiento simbólico implica inscribirse dentro de una forma de animismo y restituir la experiencia del mundo como orden racional a la experiencia primigenia del mundo como poder. La dimensión simbólica cae dentro del ámbito de la fantasía, del inconsciente, en tanto que la dimensión conceptual hace hincapié en la razón y en la conciencia; por lo tanto, los conocimientos que proporcionan símbolo y concepto son de orden diverso y se refieren a experiencias diversas de lo real.
Es imposible aproximarse al Tarot sin sumergirse en otro mundo que no sea el cotidiano e incluso sin proceder a una destrucción crítica de las categorías que constituyen este mundo cotidiano, tal como lo vivimos en un tiempo determinado por la ciencia y la tecnologia. Sólo admitiendo esta inversión de valores puede ser el Tarot portador de conocimiento e instrumento de poder. En nuestra situación histórica no cabe intentar recuperar personalmente el conocimiento y poder de los arcanos mediante un juego sencillo de imaginación que aletea en las trastiendas de un mundo aceptado sin más ni más como real. El símbolo, el mito y el rito son llaves que revivirán el conocimiento y el poder del Tarot, previa crítica radical de esta realidad, crítica que impone un cambio de naturaleza en el hombre mismo, esto es, una conversión.

Enrique Eskenazi, 1978.

Notas de Sergi Ferré:
(1) Como pertenecientes a un mismo cuerpo.
(2) inseparablemente unidas por naturaleza.
(3) Feyerabend, Paul (1993) Contra el Método. Barcelona: Planeta De-Agostini.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Jung & el Tarot: Un viaje arquetípico

Libro "Jung y el Tarot"
Prólogo de Enrique Eskenazi al libro de Sallie Nichols, para su edición española. Ed. Kairós 1988.

Los inquietantes naipes que integran el Tarot han sido objeto de diversos enfoques: el más frecuente los considera como un artefacto adivinatorio; el más inquietante los reconoce como páginas del legendario "libro de Thot", dios de la sabiduría, contador de estrellas, inventor de la escritura, maestro de las palabras de poder y de su correcta pronunciación. La primera tendencia ha producido una lamentable literatura consistente en manuales plagados de recetas para leer la ventura; la segunda abunda en confusas especulaciones "esotéricas" que casi siempre encubren ideologías discutibles. El presente libro no incurre en ninguna de estas vulgaridades sin, no obstante, renunciar a ambos enfoques.

Hermes Trismegisto
Quienes ven en el Tarot el "libro de Thot", que no es otro que Hermes Trismegisto, personificación del discurso divino, recurren a una metáfora que expresa la convicción de que sus símbolos son portadores de conocimiento. La cosa se complica cuando se trata de determinar en qué consiste tal conocimiento: rosacruces, aficionados a la cábala, teósofos y ocultistas de diversas tendencias presintieron en esta baraja un posible modelo del universo. No me refiero a un modelo "intelectual", que propende a una explicación, sino más bien a una construcción "simbólica" que apunta a una toma de conciencia.

En este sentido "conocer" no implica disponer de una teoría o de un conjunto de informaciones, sino ante todo "devenir consciente" y así transfigurar la existencia. Sallie Nichols apuesta por esta concepción, sin tener que asumir los riesgos de una metafísica: el modelo que descubre en el Tarot no es otro que el despliegue mismo de la vida anímica. y para ello apela a un lenguaje hermosamente diseñado a tal fin: la psicología de Jung. Puede afirmarse un poco en broma que Jung no era tanto un psicólogo preocupado por temas del ocultismo -conocidas son sus obras sobre alquimia, gnosticismo, teología, etc. - sino más bien un ocultista disfrazado de psicólogo. Con ello se alude al hecho de que su pensamiento reformula una visión muy antigua -"perenne"- a través de un lenguaje contemporáneo; él mismo sostenía que la verdad eterna necesita del lenguaje humano, que varía con el espíritu de la época. Y una de las tesis fundamentales de Jung es que en el alma hay un proceso autónomo, independiente de las circunstancias, que aspira a una meta, al que denominó "proceso de individuación". Así, nos encontraríamos con dos sujetos de la existencia: por una parte el sujeto consciente, el "yo" más o menos diurno, y por la otra el sujeto integral de tal proceso autónomo, con el cual el "yo" puede cooperar o luchar y al que habitualmente desconoce. A este segundo sujeto Jung lo llamó "sí-mismo". Esta concisa exposición, errónea por su misma brevedad, destaca un factor dramático en el desarrollo de la existencia. El pensamiento de Jung es la explicitación y aproximación a este drama íntimo que, si bien compromete a la faceta consciente de la personalidad, acaece en gran parte más allá de sus fronteras, en esa región misteriosa llamada "el inconsciente".

Carl Gustav Jung
Es por ello que el proceso de individuación no se expresa por conceptos -que atañen a la consciencia- sino por símbolos, que abarcan tanto la consciencia como el inconsciente. Sallie Nichols, utilizando el lenguaje de Jung, adivina en el despliegue del Tarot una especie de mapa de este viaje interior en el cual todos nos hallamos embarcados. El mismo Jung consideraba que su pensamiento reformulaba la problemática que tanto obsesionó a los alquimistas: el libro de Nichols, al recurrir a Jung, no deja de vincularse así con Hermes Trismegisto, patrono de la alquimia. y si, como bien señaló Bachelard: "con su escala de símbolos, la alquimia es un memento para un orden de meditaciones íntimas", el Tarot se revela como un ordenamiento simbólico sorprendentemente adecuado para tan amorosa meditación.

Tiradora de cartas - Rossetti
¿Y qué hay de la adivinación? Si por tal entendemos no tanto la predicción de acontecimientos como la comprensión del destino, entonces la adivinación no consiste sino en la revelación del proceso alquímico. En efecto, ya Heráclito afirmó en el siglo V a. de C. que "el carácter (ethos) es, para los hombres, su destino (daimon)". Presiento aquí la misma convicción que llevó a inscribir en la entrada al oracular templo de Apolo en Delfos la máxima: "Conócete a ti mismo". El "ethos" es el genio configurador del destino. Conocer el propio destino implica reconocer la propia índole. La psicología entera de Jung aparece como la dilucidación de este aserto. Porque si en la existencia nos hallamos comprometidos en un proceso anímico autónomo que tiende a una meta, ésta constituirá nuestro destino. y los acontecimientos, que no son sino las situaciones a través de las cuales discurre nuestro viaje, sólo devienen transparentes una vez comprendidos como tales.
Las imágenes del Tarot no significan personas, cosas o acontecimientos, sino que proyectan a las personas, cosas y acontecimientos dentro del contexto de la ineludible odisea anímica. De ahí que pueda afirmarse que, cuando se consulta el Tarot, no son las cartas lo que hay que leer: lo que debe leerse es la propia vida. Los símbolos no se resuelven en situaciones, sino que sugieren el significado de las mismas. Por ello recogen lo que hay de más inmediato en la experiencia básica, que es siempre nosotros mismos, nuestras pasiones sordas, nuestros deseos inconscientes, para destilarlo en comprensión, esto es, en consciencia. En este sentido, el libro de Sallie Nichols abarca la faz adivinatoria del Tarot, que es corolario de su vertiente meditativa.
Medio de autoconocimiento, de descubrimiento del "ethos", el Tarot es, por lo mismo, un medio de adivinación: reconocimiento del "daimon" que orienta el viaje del que somos, a menudo sin sospecharlo, punto de partida, transcurso y meta. Nichols abarca ambas dimensiones con elocuente brillantez. Si su claridad y su lenguaje coloquial son de agradecer, no lo es menos su enfoque, el cual, eludiendo las exageraciones y las supersticiones que amenazan a toda aproximación al Tarot, nos ayuda a conocer la riqueza de sus símbolos y, con ello, a conocemos a nosotros mismos.

Enrique Eskenazi, Barcelona, 1988

lunes, 29 de noviembre de 2010

El símbolo del Colgado: Sacrificio y traición

Artículo de Alba Juanola, publicado originalmente por la Fundación C.G.Jung de España.
 
“El carácter (ethos) es, para los hombres, su destino (daimon)”.
Heráclito de Efeso.

Tarot de Marsella
Si observamos la imagen que presenta esta carta, vemos a un personaje colgado del tobillo, cabeza abajo, en una especie de horca o patíbulo. Sus manos están atadas a su espalda. Su cabeza se adentra en las entrañas de la tierra.
Se encuentra pues sometido a una atadura, con un margen de movilidad reducido. No puede saltar sobre sus pies, ir adonde quiera ni hacer a su antojo.
Durante la Edad Media se colgaba de esta guisa a traidores, cobardes y caballeros desleales para apalearlos, lo cual era un castigo humillante, un signo de ignominia, de censura y de ridículo público.
A la costumbre de colgar a alguien por los pies se le llamaba antiguamente “desconcertar” (frustrar, confundir, desbaratar).
Trataremos de dibujar tres actitudes posibles, de la conciencia yoica, ante el contenido simbólico de esta imagen, que remite a la experiencia de frustración, límite y humillación.

En primer lugar hablaremos de la actitud del “mártir”.

Tarot Rider Waite
Cuando el yo se siente frustrado en sus expectativas y capacidades, se vive como una víctima inocente, manipulada y sometida a poderes tiránicos del exterior.
El sentimiento interior es de impotencia y desvalimiento, pero la responsabilidad y la culpa están afuera. En la vida cotidiana, el individuo generalmente responsabiliza de ello a las personas de su entorno: amigos, parejas, hijos, jefes, compañeros de trabajo, etc. Ellos son los que desbaratan, frustran y confunden su ideal de yo.
El individuo siente que es el sujeto pasivo de la agresividad ajena, con lo cual atesora una gran carga de rabia y resentimiento inconsciente; los demás, al percibirla, a menudo responden de forma colérica. Al recibir esta carga agresiva, la perpetua víctima confirma su percepción y retroalimenta las fantasías compensatorias de venganza y dominio. En el fondo, este tipo de víctimas, se identifican con “los elegidos”, los limpios de culpa. Serán los demás, los tiranos corruptos, que merezcan ser castigados.

En segundo lugar podemos encontrar la actitud de la “víctima redentora”.

Tarot Aleister Crowley
En este caso puede que el yo viva esta especie de esclavitud impuesta como un merecido castigo, fruto de una antigua culpabilidad y que por tanto busque y necesite ser redimido.
Se colocará entonces en el papel de la persona sacrificada, que se inmola por los demás, que soporta vejaciones y humillaciones, bajo el velo de la víctima redentora. Muy probablemente se apegará a otros seres humanos y, en aparente entrega tratará de secuestrarlos emocionalmente en un ejercicio de control y de poder, bien sea para redimirlos, bien sea para ser redimido. En el primer caso se identificará con el arquetipo del redentor y en el segundo, lo proyectará.
No pocas de las historias de amor que vivimos a diario se ajustan a este juego de identificaciones y proyecciones.
Historias que desembocan inevitablemente en una dinámica emocional de recriminaciones, extorsiones y culpabilizaciones que reflejan una carga de profundidad llena de frustración, rabia y resentimiento no reconocidos.

Otra modalidad de respuesta posible ante este símbolo, es la actitud del “héroe”. 

CamoinJodorowsy
Es decir, desde la vivencia y la certeza de que yo, mi voluntad, es la única fuerza motriz que genera mi destino, esta imagen de limitación, adversidad y freno, que muestra el colgado, puede ser asumida como un reto, como una prueba hercúlea que hay que vencer. Si uno es habitado por esta convicción, desarrollará un estricto control y exigencia sobre sí mismo, luchando a brazo partido, redoblando energías para conseguir doblegar la adversidad. El objetivo es ganar, salir victorioso de la empresa. El héroe no acepta el límite y esconde o niega su vulnerabilidad.
Si fracasa en el empeño no se lo perdonará, se menospreciará y maltratará de manera implacable.
Pero la demanda del alma cristalizada en la imagen del colgado tiene un propósito: humillar al Yo, desposeerlo de todo orgullo, frustrarlo en su anhelo y en su arrogancia, obligarlo a sentir el fracaso, a PARAR Y CALLAR. Debe escuchar otra ley que no es la propia y preguntarse la verdadera naturaleza de la atadura y del sacrificio que le reclama el colgado.
La vida está llena de compromisos y responsabilidades – ataduras y sacrificios -, de dependencias. Cada vez que nos comprometemos renunciamos a una parcela de libertad. Cuando uno asume un compromiso con algo que tiene que ver con él, que tiene sentido, no siente la frustración que supone la renuncia a lo otro.
Cuando uno entrega su energía a un propósito significativo se siente bien, sus-pendido y fluyendo. Solo entonces uno comprende que “no podía ser de otra manera”.

RELACIÓN DEL COLGADO CON EL SÍMBOLO DE CRISTO.

"Cristo en la cruz" de Murillo
Podemos relacionar la imagen del Colgado con el símbolo de Cristo en la cruz. Ambas imágenes aluden a la crucifixión. Tanto la Cruz como el Árbol son símbolos antiguos de la materia.
Cristo es la encarnación o la manifestación, en una vestidura finita, temporal y mortal, de Dios que por esencia es infinito, intemporal, ilimitado e inmortal.
Sería el símbolo de cómo lo infinito deviene finito, entra en el tiempo, entra en la historia, entra en la humanidad y acepta el sufrimiento, la limitación y la muerte como redención o liberación.
Para que Dios se encarne necesita de una madre, María; una matriz a través de la cual nacer al mundo, manifestarse. María es pues el símbolo de la materia.
El nacimiento de Cristo es el momento en el que Dios o lo absoluto asume la materia como una condición de redención. No puede haber redención o liberación sin la capacidad de asumir los límites materiales, espaciales y temporales.
Cristo asume su propia cruz, muere crucificado aceptando al fin la Voluntad divina. Si bien expresó su resistencia al decir: “aparta de mi este cáliz”, finalmente concluye: “en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Asumir la propia cruz significa encarnarse aquí y ahora y soltar las fantasías del mañana o el miedo del ayer; ambas son maneras de volverse irreal, fantasmal, un ser ilusorio. Asumir la propia cruz requiere tener la honestidad de ser el que se es.
"Judas Colgándose" J. Tissot
Podemos mentir, escondernos o negarnos a nosotros mismos para quedar bien, ser aceptados o evitar el rechazo. Esto se transforma en una traición cotidiana, en un sacrificio a falsos dioses. (También Judas negó a Cristo y lo traicionó por un puñado de monedas; luego se colgó).
Sacrificar significa “hacer sagrado”, es decir que aparece el deber de consagrarse a un cumplimiento. Este cumplimiento o atadura es configurada por el alma, no por el yo. Expresa nuestra verdadera naturaleza y el deber del yo es responsabilizarse de ella, reconocerla, comprenderla y no inventarla. En definitiva se trata de dejar de intentar ser de una determinada manera y DEJARSE SER.
Es justamente en situaciones de dolor, limitación y freno cuando mejor ocasión tenemos de experimentar quiénes somos. Al hacernos humildes desaparece la inflación yoica y posibilitamos el despertar al verdadero sentido, asumiendo todas las limitaciones.
Se trata de comprender para colocarse en otra posición, en disposición de acoger. Atados a nuestras raíces celestes y no adheridos a las terrestres. Yo "pendo de...". Las raíces no están en el suelo, en la materia, el apoyo no está abajo y el Colgado lo sabe. Las raíces están en lo invisible, en lo anímico y el cumplimiento está abajo.
Aparentemente se trata de una inversión del orden usual del mundo yoico . Es una inversión de la voluntad, es un no-yo. El Colgado nos reclama una entrega o sacrificio de la voluntad yoica a la realidad del alma. Se trata, a fin de cuentas, de la derrota del yo heroico.
Con la aceptación de esta derrota aparece la libertad, no de ser lo que uno quiera sino de ser plenamente el que se es.
Visconti Sforza
En la falta de responsabilidad, en el apego eterno a la madre y al mito del Paraíso Terrenal, hay un miedo a la separatividad, a tener que asumir limitaciones, a sufrir, a sentir la soledad. De ahí el símbolo del eterno niño (puer aeternus), que no puede soportar las limitaciones y en su anhelo de infinitud y de ser contenido y abarcado se pende (de-pende) de cualquier cosa menos de sí mismo.
Finalmente quisiera citar, a modo de síntesis, una frase de Sally Nichols referente a la carta del Colgado:
“Sólo consintiendo y aceptando esta “crucifixión” el hombre se reconecta con los dioses y coopera con su destino, en este sentido lo escoge y al escogerlo se libera de él, entrando en la infinita libertad de ser quien es”.

Alba Juanola

miércoles, 27 de octubre de 2010

El momento de la lectura

"Señorita Fortuna" por Joy Goldking
Ayer, durante el coloquio tras la lectura, surgieron temas que tenían que ver con cómo nos presentábamos como lectores, cómo leíamos, y cómo esto tenia que ver con nosotros, como una imagen que también se podía psicologizar. Josep me comentó que yo tenía intuiciones pero que me faltaban palabras, argumentos, y es verdad, mi vocabulario se reduce sorprendentemente. Quizás porque hay una regla en mi que me prohíbe utilizar expresiones que no surjan de mi, que no sean de mi cosecha propia, y entonces esto es lo único que hay disponible, un compromiso con la originalidad que me impide acortar el camino, algo que a mi me encantaría hacer, que tiendo a hacer, que hago mucho, porque intento huir del juicio sobre mi validez, del miedo a no dar la talla, a no ser práctico, a no ser como mi padre, útil, resolutivo, solvente, el chico maravillas. Entonces para mí lo duro no es hablar y concretar sino no hablar, dejarme sentir y divagar. Lo duro es sostener la tensión, el no saber, el caminar entre la niebla espesa, y de repente encontrarme con algo, verlo, verlo pero no entenderlo, pero verlo, seguir andando y encontrar otra cosa, acordarme entonces de la anterior y relacionarlas, ahí hay algo, sí, pero no se me a ocurrido a mí, no me puedo poner los laureles, porque podría no haberlo encontrado nunca, no dependía de mí, por eso está la tensión, por eso la ceguera de caminar entre la niebla, por eso el no ver, y eso me hace sentir desacreditado, un tú no vales ya que deberías ver, ser claro como una formula matemática, dar la respuesta. Por eso esa obsesión mía por saberlo todo, por eso transcribí el curso entero del Enrique y cada palabra que se dice en el taller, como si fuera un precio a pagar por no haber ido a la Universidad y haber estado durante todos estos años montado en una montaña rusa emocional. Pero cuando leo parece que todo lo que he estudiado se borra de mi mente, y entonces miro las cartas y las veo como hojas en blanco que me dicen "tira una gotita de sangre en cada una", y cuando lo hago la mancha adopta la forma de algo vivido, sentido, pensado, y es cuando empiezo a hablar, y hablo de ello. Lo que me llega a la conclusión de si no sería mejor que leyera los posos del café en vez del Tarot. No sé si leo como si pintara, porque de echo la pintura es algo muy mio pero muy desacreditado, como si fuera cosa de manualidades para señoras mayores y excéntricas, y de alguna manera esta parte creativa asoma la cabeza por donde la dejo, por donde puedo presumir de intelecto y rigor académico, en el Tarot. Hay una cuenta pendiente mía con el Arte, y pienso que al igual este es el camino, no dedicarme enteramente a estudiar como si todo lo que hubiera echo hasta ahora hubiese sido un error que debe ser remendado, sino darle un sitio en mi vida, en mi trabajo, en lo que soy. Y la síntesis perfecta entre imagen y palabra es para mi el cómic.

© Sergi Ferré Balagué, 2010.

domingo, 24 de octubre de 2010

Significados

En mis lecturas me he encontrado con palabras y expresiones de las que resulta difícil encontrar una definición. Como testimonio de esta búsqueda dejo aquí esta lista para quién puede resultarle útil.

Antifilosofía: Tiene como objetivo problematizar aspectos fundamentales de la filosofía occidental y pensar la relación entre sujeto y objeto en términos muy diferentes a los conceptualizados hasta el momento. O sea, pensar al sujeto en términos indiferentes a esos "más allá" (platonismo, cristianismo, hegelianismo) que aparentemente se presentan como "naturales", e invitar al sujeto a hacerse cargo de un potencial que los sistemas de autoridad (los que te dicen qué hacer con tu vida) han castrado históricamente. En su momento, Nietzsche dirá que incluso lo que le queda a la filosofía es morirse de una vez para que comience a devenir en algo que no tenga nada que ver con la filosofía.

Cacouacs: Término aparecido en Franca en 1757 con el que se denominaba, y ridiculizaba, a una presenta "tribu salvaje" que vivía en París, compuesta por los filósofos de la Ilustración en general y los autores de la Enciclopedia en particular. (Definición de Horacio Pons)

Constelación: Creación de un momento cargado psicológicamente, donde la consciencia se ve perturbada por un complejo o está a punto de serlo. "La expresión «estar constelado» significa que uno adopta una actitud de prevención expectante, a partir de la cual reaccionará de una manera muy determinada" (Carl G. Jung, Consideraciones generales sobre la teoría de los complejos). // Representación.

Coridrane: es un estimulante (o excitante), de sabor fuertemente amargo, muy común en los años 50, que consiste en aspirinas y las anfetaminas. Fue retirado del mercado francés en 1971.

Facistizar: Volver fascista. Ejemplo: "presentar a Mussolini como un héroe de la cultura no significa tanto hacer de él un romano contemporáneo de Julio César como facistizar toda la Antigüedad romana" (Freud de Michel Onfray)

Hermes ter unus: Hermes tres veces uno.


Normaliano: Significa ser visto con un status diferenciado, algo que se traduce en las carreras de "pocos y buenos”.

Petra scandali: Expresión en latín que significa "motivo de escándalo".

Psicróforo: Sonda refrigerada, una especie de catéter hueco, introducida en la uretra del pene para inyectar agua helada, como tratamiento contra el onanismo (considerado una enfermedad). Utilizado a finales del siglo XIX y principios del XX, por psicólogos como, por ejemplo, Sigmund Freud.

Última actualización: 13/01/2013