domingo, 1 de enero de 2012

James Hillman: Las virtudes de la cautela

Un articulo de James Hillman, publicado originalmente en Resurgence. Traducción por Enrique Eskenazi. Ilustrado y comentado por Sergi Ferré.

El Ermitaño. Cronos, el tiempo
Avaricia, gula, vanidad, lujuria, envidia, ira y pereza. A estos clásicos siete pecados capitales, según Aldous Huxley (1), y a pesar de nuestro genio inventivo y después de tantos siglos, nosotros los modernos hemos añadido sólo un nuevo pecado. ¿Cuál? La prisa, celeridad, apresuramiento, velocidad, aceleración. Nuestro Zeitgeist (Espíritu de la época) está regida por el Geist (espíritu) del Zeit (tiempo). Vivimos en la economía de la prisa, y el mismo planeta se recalienta con la energía de nuestro aceleramiento. El tiempo es dinero, y así se han dejado de lado los antiguos dichos: "despacio, que tengo prisa", "mira antes de saltar", "no por mucho madrugar se amanece más temprano", "de poco a poco se llega lejos". La prisa, el espíritu del tiempo acelerado, también afecta a la biología humana. La menopausia se adelanta más y más; los niños crecen más rápido, los atletas baten marcas, corriendo más rápido, saltando más alto, más lejos. Y la prisa afecta a nuestros diagnósticos psiquiátricos: ¿quién quiere ser considerado lento, retardado, pasivo, regresivo, fijado...?

Puesto que el tiempo es imaginado como un río que corre, acelerándose a medida de que corre en una sola dirección, "quien duda pierde", como suele decirse. La cautela sólo puede imaginarse como timidez, pesimismo, obstinación recalcitrante, porfía y estúpida adherencia a viejos hábitos. Además las imágenes y la retórica que aconsejan cautela y resistencia a la prisa acelerada revive las imágenes y la retórica del antiguo dios de la cultura mediterránea y renacentista, Saturno/Kronos (viejo, lento, frío, negativo, estable, limitador y mezquino, enemigo del cambio).

Saturno (Cronos) devorando sus hijos
Así, cuando el principio de precaución entra en el debate público, las posiciones se establecen según lineamientos arquetipales, incluso míticos. Por un lado, optimismo, futurismo, expansión, pensamiento positivo, avance progresista que enfrenta los obstáculos a media que aparecen y que los vence con redoblada energía. Esta es la mentalidad heroica, avanzando unidireccionalmente, haciendo frente a cada desafío, confiando en su propia capacidad, no hay monstruo demasiado grande, no hay pared demasiado impenetrable.

En tanto el tiempo esté imaginado de acuerdo con el impulso heroico, la cautela está condenada desde el comienzo. Sólo puede ser vista como bloqueo, detención, un impedimento en el río, atascando su flujo, generando remolinos y piscinas estancadas. La unilateralidad heroica sólo le da un rostro a la cautela. Hay otras tres características de nuestros tiempos que se vallan por el mismo río: los cultos de la tecnología, la competitividad y la fama. Las principales mejoras logradas por el cambio tecnológico, hasta la era de los computadores electrónicos, fueron ahorro de esfuerzo y ahorro de espacio. El avance tecnológico se medía en números de horas de trabajo ahorradas por máquina, y en tanto la máquina podía compactar y reducir materiales en un tamaño más manejable y transportable. Pero ahora el cambio tecnológico aporta principalmente el beneficio de la velocidad: más hecho más rápidamente. Lo que se ahorra es tiempo.

El tiempo también maldice las alegrías del descubrimiento. Ya no basta con experimentar, descubrir, dejar espacio al hallazgo afortunado. Hay una agobiante presión competitiva para ser el primero que consigue una fórmula, un método, un producto. El primero en publicar puede conseguir el premio Nóbel; el primero en salir al mercado es el que más gana. Estamos en la era de los atajos, el espionaje corporativo y los resultados falsificados -a causa de la competencia y la competitividad-. Como en una carrera, sólo el que llega primero se cualifica: los otros son perdedores. Una cultura que promueve ganadores genera más y más perdedores. Quisiera recordar un precepto de la religión Sikh: "Llega siempre segundo". La precaución como virtud. 

Andy Warhol (1928-87) artista
El culto de la fama y el prestigio (la idea de que cada uno de nosotros puede tener sus "quince minutos de fama", en palabras de Andy Warhol) ha cambiado radicalmente la noción de fama. En tiempos de los romanos y en el Renacimiento, la fama o la reputación se imaginaban como un espíritu invisible que acompañaba, el propio genio recibido de nuestros antepasados. Era más precioso que la propia vida, y uno debía servirle, honrarle, realzarlo mediante las propias acciones, mantenerlo impoluto. Sus duraderos beneficios se transmitían a los propios descendientes, pasando a las generaciones futuras junto con el linaje y el nombre familiar. Ahora la fama se ha acelerado y sustituido por la "celebridad", palabra cuya raíz es afín a celeritas, celeritatis, y "aceleración". ¿De qué otro manera podría considerarse el principio de precaución, en lugar de sólo las premisas míticas y las imágenes del ego heroico acelerado? Además ese ego heroico, que en la mitología mediterránea se sintetizaba en Hércules, enloqueció después de competir en sus doce trabajos, y tuvo que descender al submundo de los fantasmas y los muertos o, en otro cuento, sentarse quietamente hilando, girando y girando la misma rueda, frenada toda acción "progresiva".
Hércules hilando vestido de mujer (Spranger)
Es importante que recordemos a qué se refiere exactamente este principio de precaución o cautela. No lo definiré por un enunciado tomado de los acuerdos internacionales que lo incorporan en los protocolos ni por las políticas de los gobiernos sueco o alemán, donde lleva la fuerza de la ley. En cambio mi definición proviene de una fuente improbable, la ministra de Protección del Entorno de la actual administración de Bush (2), Christie Whitman, que en el encuentro de la Academia Nacional de Ciencias de Washington D.C. dijo: "Los políticos deben tomar un enfoque cautelar hacia la protección del entorno... Debemos admitir que la incertidumbre es inherente en el manejo de los recursos naturales, reconociendo que usualmente es más fácil evitar el daño al entorno que repararlo más tarde, y cambiar la carga de la prueba de aquellos que abogan por la protección a aquellos que proponen una acción que podría ser dañina".

Hasta ahora bien, pero la afirmación de Whitman permanece en el reino de los medios- cómo proceder mejor, o no proceder-. Pero ¿qué hay de los fines a los que sirven los medios? ¿Cuál es el propósito más amplio de un proyecto, su telos en términos aristotélicos, "aquello en vistas a lo cual" se concibió el proyecto? Si los fines son la ventaja competitiva, mayor rendimiento, ventajas fiscales, ¿no descalifican estos fines los medios, no importa cuán protectores del entorno parezcan ser? Supongamos sin embargo que los fines parecieran ser más nobles (curas más seguras, una Tierra más agradable, agua más pura, conservación de las especies) ¿están los medios justificados por estos fines?

La filosofía moral sostiene que los fines a largo plazo, no importa cuán nobles sean, nunca pueden justificar los medios a corto plazo, sino que estos fines deben mostrar su nobleza en cada momento de los medios. El principio de precaución tiene aquí algo que ofrecer para resolver este dilema de correlacionar medios y fines. Que en la predatoria economía corporativa se correlacionan demasiado bien ya se ve en todo el mundo: la explotación de recursos minerales (fines) se relaciona con los medios de una Tierra destrozada, pueblos indígenas oprimidos, destrucción del equilibrio ecológico, deterioro de la cultura. Pero ¿cómo es posible correlacionar medios y fines de un modo positivo?

Al ralentizar la marcha y cuestionar los medios más evidentemente eficientes, la cautela invita a las innovaciones y al experimento. Una invitación a Hermes con su mente mercurial para tratar modos previamente inimaginados de llegar a los mismos fines y de acuerdo con esos fines. La necesidad ocasionada por la cautela deviene así madre de la inventiva.

En tanto que psicólogo necesito ofrecer bases psicológicas para la cautela más allá de las ventajas razonables y las implicaciones míticas. Hay tres bases peculiarmente dignas de ser atendidas.
Primero, la máxima hipocrática: primum nihil nocere. Ante todo, no hacer daño, no dañar nada. Ante cualquier acción o plan de acción, considerar primero lo de abajo antes que lo de arriba. Explorar los riesgos más que los beneficios. Los gastos en la investigación enfocarían en el peor de los casos y extenderían completamente la noción de "daño".

La máxima hipocrática sugiere dos ideas, por lo menos. Primero, que la intervención en los modos del mundo siempre invita una sombra, a pesar de los ilusorios engaños que la bondad heroica aporta a sus ambiciones. Yin acompaña a Yang, siempre y en todas partes. Mide las consecuencias de lo que podría yacer en lo oscuro de tu impulso a ayudar, tu brillante visión. Segundo, esta máxima implica que la Tierra tiene sus propias virtudes y fuerzas: la naturaleza puede estar actuando en modos que nuestra falta de cautela no nos deja ver. La cautela hipocrática (3) trae consigo un fondo de animismo antiguo, un respeto por el poder y la dignidad de los fenómenos, invitando a prestar un atento oído a estos, más allá de los beneficios de coste y las apreciaciones de riesgo, a fin de descubrir sus valores, sus intenciones más allá de las nuestras, para que podamos trabajar con ellos, incluso seguir su guía, tanto por ellos como por nosotros mismos.

La siguiente base del principio de cautela es el daimon (4) de Sócrates. En muchas partes de los escritos de Platón, Sócrates es descrito conteniéndose de una acción porque ha intervenido su daimon. Este daimon, espíritu, ángel, voz interior, gemelo invisible, este "factor psíquico autónomo" (Jung) ha sido denominado "espíritu cautelar" por comentadores de estos pasajes. Su aparición más recordada ocurre en la celda donde Sócrates esperaba su veneno de cicuta. Al preguntársele por qué no huía, dijo que no había sido incitado a esto por su daimon y, según explica, el espíritu cautelar nunca le dice a uno qué hacer, sólo qué no hacer; actúa sólo como precaución. Habla de un modo peculiar, no estadístico, no científico, anecdóticamente, supersticiosamente, sintomáticamente, con profecías y señales y susurros; incluso mediante acontecimientos corpóreos como estornudos, bostezos e hipos.

Una tercera base psicológica para la cautela es sencillamente el trasfondo endémico de las sociedades occidentalizadas en cualquier sitio: la depresión. La depresión ralentiza toda empresa heroica; la misma idea de la acción es demasiado! Por tanto la depresión, sea de la psique o de la economía, es temida desesperadamente en las sociedades occidentalizadas y se moviliza cualquier posible medida contra ella. Las presiones que sentimos, las drogas que tomamos, las expectativas que alimentamos y los dictámenes de la expansión económica global son todas medidas anti-depresivas. La psiquiatría podría decir fácilmente que la premura progresiva del río es en sí misma una defensa maníaca contra la depresión.

La precaución tiene poco valor desde esta perspectiva. De hecho, la oposición furiosa que provoca el principio de precaución se conforma exactamente a las explosiones de furia que los pacientes maníacos cuando se ven interrumpidos, ralentizados, o incluso cuando se les pide que repitan algo. Insinuar cautela en una sociedad maníaca significa para ella sólo depresión y por tanto el principio de precaución debe introducirse en términos maníacos como innovación progresista, pensamiento agudo, visionario o benéfico a escala mundial. ¡Lo cual, además, bien podría ser! (5)

James Joyce, escritor s. XX
Además de los trasfondos hipocrático, socrático y depresivo, para la psicología de la cautela, hay un cuarto: Belleza. Como ya advirtió Tomás de Aquino y repitió James Joyce, la belleza detiene el movimiento. La belleza nos sobrecoge. Contenemos el aliento, nos detenemos sorprendidos, o fascinados o maravillados o incluso aterrorizados, como decía Rilke. Esta suspensión momentánea ante un momento de belleza es verdadera también para la fealdad, pues como dijo Plotino, la fealdad hace que el alma se contraiga en sí misma y se gire.

El jadeo "ahhh", yace a la raíz de la palabra "estética" (aisthesis). Esta respuesta estética sea a lo feo o a lo hermoso, muestra una apercepción instintiva inmediata ante el mundo antes del juicio estético y antes del gusto. La belleza nos llega en una mirada, y nos cautiva y nos deja ir; como el horror. La respuesta estética se da con la psique como el daimon cautelar interior que nos contiene, como el humor depresivo que reniega de la acción.

La belleza, empero, estimula la acción. Esto es, la respuesta estética ingenua lleva a la protesta estética en contra de la fealdad por un lado, y por el otro al deseo estético de preservar, proteger y restaurar lo hermoso. Por supuesto, los diversos intentos por conservar pueden transformarse en conservadurismo reaccionario hostil al cambio tecnológico. Pero volver atrás, retroceder, no es la intención de la respuesta estética ni de la precaución. Retroceder resulta de la identificación de la belleza con el momento particular de su aparición; un estilo particular que luego cristaliza en una ideología de la belleza, ya sea naturalismo, romanticismo, modernismo, formalismo, nacionalismo, popularismo, vernacularismo o idealismo. Cada uno de estos mantiene prisionera la respuesta estética, encadenada al dogma y desprovista de su espontaneidad ingenua, mientras que lo que la respuesta busca más libremente es una sensitividad aumentada y una amplitud a fin de que la respuesta pueda entrar en juego más frecuentemente y más perceptivamente. En tiempos antiguos esto se llamaba el desarrollo gradual del gusto.

Aquí debemos distinguir el momento de movimiento detenido de una identificación con la detención misma, como si la belleza debiera estar quieta. Pero la belleza, como la cautela, no es para quedarse quieta. El dicho no es "no saltes", sino "mira antes de saltar". La belleza sólo significa para nosotros detener por un momento el insensible impulso hacia adelante, a fin de abrir los sentidos invitando la respuesta estética. Así, a medida de que huye el momento de detención, el principio de precaución puede incorporar en sus exploraciones innovadoras una percepción estética, insistiendo en que ningún plan o proyecto descuide la exigencia que hace la belleza, o el efecto deletéreo de la fealdad.

Si despertáramos nuestros sentidos de su entumecimiento psíquico, su anestesia, muchos de los productos y programas, el mismo río del tiempo, acelerado en su curso por los poderes que rigen los gobiernos, los economistas, las corporaciones, los medios de comunicación y las industrias, se retardarían lo suficiente como para colarse en otros canales que aún no han sido regados y por ello nunca han tenido una oportunidad para florecer.

La anestesia parece necesaria para la fortaleza heroica. Como un caballo intermitente, con ojos puestos sólo en el premio, se abalanza presuroso hacia la fealdad -el mismo mundo que ha construido-. Si se despertaran nuestras respuestas estéticas, no necesitaríamos las advertencias implicadas por el principio de precaución -ni las advertencias de Hipócrates ni los presagios socráticos-. La respuesta estética humana individual alteraría el curso mismo de la historia y la forma de las cosas en medio de las que vivimos. Nuestras narices también, y nuestros ojos y oídos, son instrumentos políticos, protestadores. Una respuesta estética es una acción política. Como el daimon de Sócrates que indica sólo lo que no hacer, también sabemos instintivamente, estéticamente, cuándo un pescado huele mal, cuándo se ofende al sentido de la belleza. Hacernos cargo de estos momentos (y estos momentos ocurren cada día, dentro de cada asfixiante edificio de oficinas, sentados en sillas cojeantes, inundados por ruido insensible y alimentados con comida industrial) hacernos cargo de nuestras respuestas, estas reverberaciones estéticas de verdad en el alma, podría ser el acto cívico primario del ciudadano, el origen de la cautela y del mismo principio cautelar con su advertencia de detenerse, mirar y escuchar.

Notas de Sergi Ferré:
(1) Aldous Huxley es un escritor anarquista británico emigrado a Estados Unidos, autor entre otros muchas de la conocida novela "Un mundo feliz" (1932).
(2) George W. Bush fue presidente de EUA del 2001 al 2008, pero Christine Todd Whitman solo estuvo en su oficina hasta del 2003, así que entendemos que se refiere a este período.
(3) Perteneciente o relativo a Hipócrates, médico griego del siglo V a. C., a quien se le consideraba «estrictamente, el médico de la experiencia y el sentido común».
(4) Inspiración o pensamiento creador.
(5) Inovación entendido como una defensa ante la depresión de la que huye la sociedad actual. Que los fines sean más o menos nobles no quita la condición neurótica que los motiva.